martes, 30 de septiembre de 2025

MI RINCÓN


    Por si me queda mucho o poco tiempo, por si suena la música y me requiere, la vieja dama, el baile prometido; para esa hora, para ese momento he reservado un pequeño rincón en una encrucijada de caminos del Valle de Corneja; un lugar, desde donde al abrir las ventanas podré ver Peña Negra, la Cruz del Cerro y sentir, sin ver, la Ermita de la Vega. Allí, junto a un puente, que une dos orillas, y un cauce sin agua, en demasiados meses del año, he levantado ese hogar, cuando llegue la hora de que venga la vieja Dama a requerir mi baile.

    Bajo un viejo árbol, próximo al puente de madera, he levantado mi hogar con mis recuerdos, ¡triste material para tan largo viaje! Lo adornan, en primavera, campanillas blancas y amarillas; y cuando el verano este a punto de llegar, se vestirá con el rojo de las amapolas que adornan los campos que rodean el rincón.

    Será tan pequeño el lugar, que no podré llevar conmigo ni maleta, cuando llegue la hora de mudarme; tan sólo podré llevar conmigo lo que almacene en mi memoria y con lo que voy decorando sus blancas paredes

    Sobre ellas el reloj que marcaba las largas horas de mi infancia, aguardando que sonará un timbre que anunciaba el fin de la jornada escolar, mientras a través de una alta ventana de madera veía como transcurrían las estaciones en el jardín versallesco que servía de recreo y patio de juego a los niños, y ahora es el paseo de mis pasos de adulto. De aquellas largas horas me llevo el color amarillo de los piornos que crecen en la ladera de Peña Negra y anuncian como anunciaban, entonces; la llegada de un nuevo verano.

    Poblará mi rincón el aroma de la tierra húmeda, cuando caen las primeras gotas de lluvia; de las lilas de la calle Fortaleza y Gabriel y Galán o de la Media Luna del Jardín del Palacio de los Duques de Alba, cuando empieza a florecer una nueva primavera; el aroma del pan recién hecho de la plaza de los herreros cuando regresabas a casa, tras una larga noche de fiesta; el dulce aroma de la calle pilillas mientras se horneaban en el obrador: tartas de yema, pezuñas, milhojas....

    En ese lugar, mi rincón, me gustaría conservar el eco de un sonido, entre otro muchos, el sonido de los cencerros, que en los últimos días de agosto poblaba mi habitación, cuando llegaba la Feria; y los ganaderos del valle, siempre, entonces a píe, traían a sus vacas hasta el cerro, pasando por la vecina calle Ávila. Me gustaría conservar el eco de una dulzaina, un tambor y un redoble, anunciando en un atardecer de septiembre que la Virgen de la Vega llegaba al Alamillo.

    Llenaré mi rincón, con el sabor, ya perdido de las pezuñas, milhojas, bollos de leche, bambas, bartolillos, de las pastelerías cerradas en el pueblo; de los huevos del Vine Tree, junto a los sabores de los pucheros de mi madre.

    Adornare las paredes de esa mi morada con la imagen de un parque nevado en una mañana de invierno; del amarillo de las flores que anuncian la llegada de la primavera en la calle Fortaleza; de los toldos que rememorando a Goya anuncian la inminente llegada del estío; y de nuevo el amarillo, el amarillo de los árboles de la plaza cada otoño, la época más hermosa de Piedrahita y del Valle del Corneja.

    Adornarán, también, las paredes de ese hogar, cinco sonrisas, cuatro que alegraron mis sueños de niño y la otra que, hoy, es mi faro en esta tierra castellana. Serán el rostro de una reina de encarnados mofletes, un don Quijote que soñaba molinos en las caras de los niños que ante ellos corrían; un ogro que nunca consiguió dar miedo a nadie, y una pepona, tocada con un sombrero de color rojo y la otra sonrisa, la quinta, la que aún perdura e ilumina el Valle, la de la Virgen de la Vega.

    Soñaran, aunque yo no este, junto a mi, los poemas de José Somoza, Gabriel y Galán o Félix Pacheco; las historias del mismo Somoza, López Sedín, Lunas Almeida, Luis López, Daniela o Elvira; en las que me sumerjo muchas veces, demasiadas, cuando el pueblo olvida los blasones que un día hicieron al piedrahitense lo que es y que cantaron sus poetas.

    Estas cosas que forman parte de mi rincón, son las cosas, con las que he llenado mi corazón y que nadie podrá arrebatarme, porque son mis recuerdos. Lo que la vida me ha regalado de la mano de mis padres, de mis amigos, de mi pueblo, Piedrahíta.

AUTOR.- Víctor Hernández Mayoral.
IMAGEN.- Obtenida de Inteligencia Artificial.

miércoles, 16 de julio de 2025

16 DE JULIO DE 2025. SEGUNDO AÑO SIN LA VIRGEN DEL CARMEN


     Hoy el silencio lo llena todo. Que distinto a aquellos años, no hace tantos, cuando en este día las campanas enloquecidas llenaba las calles del barrio, anunciando a sus vecinos que era el día grande, porque era el día del Carmen

    Día para el que se habían preparado los vecinos desde el 7 de julio, con dos novenas la grande a la que acudía gente de todo el pueblo y la de las mujeres del barrio, a la que sólo acudían las vecinas de estas calles y sin necesidad de cura o fraile oraban, encontrándose con su vecina

    Y eran las mismas que cuando el sol amanecía procesionaban aquella virgen pequeñita que nunca llevaron los hombres y siempre eran ellas en el rosario de la aurora, sus portadoras, mientras gozosos cantaban las campanas. La primera misa a la que acudiamos muchos de los vecinos de aquel barrio, que ahora ya ha perdido su identidad. Y aquí un recuerdo, el del chocolate caliente con bizcocho con el que las monjas me invitaban por haber sido monaguillo en aquella novena y en aquel temprano rosario.

    A media mañana la iglesia volvía a llenarse de incienso, las gentes del Valle y los piedrahitenses acudían a la misa mayor. En el portalillo la mesa de recuerdos esperaba que los devotos compraran estampas, medallas, escapulario. Y ante aquella mesa, dos mujeres  Visi o Anim encargadas de la venta. Tras la misa la iglesia no cerraba, cómo iba a cerrar si en esa tarde las vecinas que ya no vivían en el barrio acudían para encender una vela o rezar un ave María ante la imagen. Era jornada de recuentros. Que, de nuevo, las campanas invitando a la alegría llamaban a los piedrahitenses a la procesión, hora de abrazos, de oración, acompañando los vecinos a su Madre hasta la parroquia. Recuerdo un año que las monjas no pusieron bien los anillos que la Virgen llevaba en sus manos y en la calle Alhondiga, los cargadores bajaron la imagen para que pudiera despojarte de aquellas alhajas que iba a perder y eran las ofrendas de vecinos y devotos. La salve en la Parroquia y, de nuevo, a la clausura.

    Cuantos recuerdos que en esta tarde vuelven una y otra vez, frente al silencio de la espadaña, sabiendo, que por segundo año, no podremos encontranos con ella y con aquellos que se fueron y nos enseñaron a amar a la Virgen del Carmen. Y que todos los años, mientras orabamos ante ella recordábamos, mientras las campanas con gozo anunciaban la fiesta. Volverá algún día a su barrio la Virgen del Carmen ? 

domingo, 8 de junio de 2025

NOCHE DE ROMERÍA. EL NIÑO DE LA VIRGEN DE LA VEGA


    Esta mañana, el Niño tiene sueño, de nada han servido esta noche, las nanas, que la Madre cantaban al compas de un jota, el Niño no quería dormir. Ni la voz de los ángeles bajados del cielo, tocando un tamboril y una dulzaina, consiguieron dormir al Niño de la Virgen de la Vega que miraba con los ojos entrecerrados las ventanas de la ermita esperando la llegada de la primera luz, de una nueva aurora, del amanecer de un nuevo lunes de Pentecostés.

    Caía la noche sobre la ermita, sonreía la Virgen, y el Niño, asomado a la ventana, sin sueño, miraba la pradera, vacía a esta hora de la noche, buscando en el cielo un cometa de fuego alumbraba nuevas estrellas, cometa que nunca subió al cielo. ¡Cómo podría dormir, pensaba, esperando, a este temprana hora, al primer romero, que llegaría aún con las puertas de la Ermita cerradas y saludaría a la Virgen, con un Dios te salve María!

    En un rincón del santuario, languidecen en un jarrón un ramo de rojas amapolas y blancas margaritas, que en un descuido de la Virgen cortó el niño en la mañana de este Domingo de Pentecostés, cuando parecía tan lejana la hora y esta noche de Romería. La Virgen mira las flores y piensa, mirando al Niño, ¡Flores adornaran sus andas, mañana por la mañana, pero ninguna será tan hermosa como estas humildes flores que cada primavera alfombran la pradera!

    Busca el Niño el regazo materno, mirando el rostro de su madre, enmarcado por un rostrillo de plata, ¡qué guapa estás esta noche, Madre! La Virgen, llena de ternura, mirará al Niño, sonriendo y susurrando muy bajito a su odio, dirá: ¡Duérmete mi niño, que muy pronto llegarán los romeros! ¡Duérmete mi Niño, que mañana será un día muy largo! ¡Duérmete mi Niño que mañana podrán en nuestras manos, los romeros, dolores, preocupaciones, y alguna alegría para que tú a través de mi, soluciones sus cosas! ¡Duérmete mi niño, que mañana nacerán, como esas flores, nuevas promesas! ¡Duérmete mi Niño, que mañana el ruido de la verbena tampoco dejará que duermas! ¡Duérmete mi Niño y descansa, que tú y yo mañana también seremos romeros y caminaremos junto a Piedrahíta por la pradera! ¡Duérmete mi niño, que el reloj ya ha marcado la hora de inicio de un nuevo Lunes, el Lunes de Péntecostes, duérmete mi Niño!. 

    Pero el Niño no se duerme, ilusionado con la llegada de ese ansiado lunes de Romería.

    El Niño escucha los cohetes que despiertan a Piedrahíta, mientras los dulzaineros anuncian a los vecinos que ha llegado la hora, que abandonen sus casas y se conviertan en romeos, que ya es Lunes de Pentecostés. Y vera como una procesión de coches y vecinos caminando por el camino o la carretera se dirigen a la Ermita. ¡Cómo dormir esta noche, piensa nervioso el Niño!

    Una pena ilumina el rostro del Pequeño, soñando el aroma de las garrapiñadas, que no probará, tampoco este año, y que como todos los años, junto a turrón y otros dulces traerán los charros!

    El Niño se duerme, el sueño ha vencido al Pequeño. La primera luz de la aurora llama a la ventana de la ermita, iluminando el rostro de la Virgen de la Vega. Un piedrahitense, el primer romero, como había soñado el Niño, llega a la pradera, se aproxima a la verja, aún cerrada, agarrándose a ella, saluda a la Virgen con un Dios te Salve. 

 

viernes, 6 de junio de 2025

ATARDECER EN PIEDRAHÍTA

Piedrahíta es una niña coqueta, que los brazos de una vieja dama, sobre su falda de granito, sueña historias, mientras el río Piñuelas entona una nana, y el sol pone sobre su frente, un beso encarnado de buenas noches.

La villa se adormece escuchando un juramento, que todas las tardes alzan al cielo un grupo de caballeros, contemplando, consternados, como en un otero se alza una pira de madera, otero del que la niña ha olvidado su nombre, pero que todas las noches interrumpe su sueño, el grito de aquellos mártires que en la pira murieron..

El sueño de Piedrahíta es protegido por una atalaya, que mientras el sol tiñe de sangre la tarde, narra viejas historias de nobles y caballeros, que hace, demasiado tiempo, galoparon por ls polvorientos caminos del Valle.

    Velando el duermevela de Piedrahíta, un candil se ha encendido en un gótica ventana del Castillo episcopal de Bonilla de la Sierra, en la que el Tostado, contemplando como el sol se pierde en su lecho encarnado, escribe una nana para dormir a la villa.

    Piedrahíta bosteza, al escuchar la voz de bronce de los cencerros, que en la Vega, la Cosa o el Berrocal; anuncian la inminente llegada de la noche; buscando un lecho de heno donde pasar esta hora.

    La Villa sonríe, mientras sueña, con un atardecer de verano, viendo como la Virgen, preocupada, tras el Niño, que sueña con la llegada de un atardecer de septiembre, y corre con paso indeciso hacía el camino. Mientras Goya, Palencia mezclan en su paleta colores para pintar en el lienzo de la tarde el más bello atardecer que ofrendar pueda Piedrahíta a su Madre, cuando llegue esa tarde de septiembre.

    La paz del atardecer es sobresaltada por los alaridos de un joven que sostiene sobre sus piernas el cadáver desmembrado de una mujer, su amada, junto al Malecón del versallesco jardín de los Duques de Alba.

    El eco del alarido, se transforma en crotoreo, al pasar por una torre en ruinas, que perdió hasta el reloj que la daba nombre. Un crotoreo que se convierte en mano y llama a los cristales de la puerta de un balcón, que abre un solitario maestro. asombrado al comprobar como otro año, uno más, la cigüeña ha regresado a su nido.

    Cigüeña que desde su torre ve, como en el jardín, una tarde más, juegan los niños. Alza la vista a la parte alta del Jardín, allá donde ha enmudecido el cantar de la casa de las aguas, y ve entrar, envuelto en su capa, pasando por el puente de las azucenas, un nuevo poeta, que pasea entre altos árboles, que han convertido sus troncos en promesas de amores juveniles, que no sobrevivieron a un verano o una primavera. El poeta oyendo las risas de los niños, añora otra risa, la risa de aquella duquesa, que soñaba escuchando una partitura interpretada al piano por su esposo, recién llegada de la tan lejana Europa; una lejana tarde verano.

    La luz encarnada del atardecer ilumina la vieja capilla, ahora en ruinas, del Monasterio de Santo Domingo, donde Piedrahíta sueña un sepulcro, sobre el que descansa olvidada una espada de madera; que empuñara, como tantos días un niño, que soñaba ser el más grande soldado del reino de España.

    La sombra de la noche, poco a poco penetra en el corazón de la Villa, por el Arco Callejo, al que han olvidado cerrar. Las noche llama a las aldabas de las puerta, susurrando los miradores la nana que el Piñuela canta, mientras Piedrahíta duerme, otra nueva noche, sobre la falda de Peñanegra.  



viernes, 2 de mayo de 2025

LA ÚLTIMA FAROLA


    La alcoba estaba iluminada por la luz de la farola, la última farola que aún iluminaba las calles de aquel pueblo. 

    Tras los cristales miraba, con nostalgia, la farola y la solitaria calle, que se había ido vaciando poco a poco igual que el resto del pueblo. 

    Primero se fueron los amigos, buscando un futuro que los librara de la esclavitud de la tierra, para ser atrapados por las cadenas de un trabajo, en el que nunca se sintieron felices.
 
    Venían todos los fines de semanas, elogiando la vida de la ciudad, despreciando la vida del pueblo.
 
    Luego los viajes se fueron distanciando en el tiempo: una semana en verano, el día de la fiesta del pueblo y el día de nochebuena. Y él paso de ser amigo, a ser el cateto, el vecino del pueblo. 

    Tras los amigos, se fueron los matrimonios jóvenes y con ellos los niños y sus juegos, sus risas. Se cerró el colegio. La educación, decían, era mejor en la ciudad que en una escuela de un pueblo perdido en la montaña. 

    En aquellos años, el pueblo envejeció, tío Hilario cerró la panadería, tía Marisa la tienda y, el último, Heliodoro cerró el bar, dejando a los hombres y mujeres que aún quedaban sin un sitio donde compartir su día a día, junto a una copa de vino. 

    El único ruido que sobresaltaba al pueblo era la sirena que anunciaba que un vecino se había puesto enfermo y era llevado al hospital, de donde no volvía y si lo hacía era para que el cura derramara sobre su féretro, agua bendita. 

    El vigor y el cabello blanco le hicieron romper la promesa, hacer la maleta y abandonar el pueblo. Al amanecer el mismo, el último vecino, abandonaría, para siempre, el pueblo.


 

sábado, 7 de septiembre de 2024

SUBIDA DE LA VIRGEN DE LA VEGA


LA SUBIDA DE LA VIRGEN

Piedrahíta es un rico mercader, que desde mediados del mes de agosto, colecciona, cada día, como si fueran tapices, los colores que cada tarde el sol regala al Valle del Corneja, cuando se oculta por la atalaya del Mirón; para engalanar, con el más hermoso, esa soñada y añorada tarde de septiembre.

El río Corneja, el Pozas, el Piñuelas son pentagramas en blanco, donde el Verano va colocando negras, blancas, redondas, corcheas, semicorcheas, fusas y semifusas; para componer un himno que todos los años parece el mismo, pero todos los años es distinto y que tocarán tres tamborileros en esa añorada y soñada noche de septiembre.

Peña Negra canta de júbilo con la voz de bronce de la Berenguela anunciando al mediodía, enloquecida de gozo, a Piedrahíta y al Valle que todo esta preparado, que ya todo esta listo para la ¡bendita y esperada hora! Y cuando llegue la hora, sentirá la nostalgia y la pena, al sentir el llanto, silencioso, de la espadaña del Carmen, cuando, pase por su plaza la Virgen y no puedan cantar su alegría las campanas.

Santa María del Berrocal ofrenda a Piedrahíta una tela, para que los Tejedores de Piedrahíta borden con el hilo de plata, que dio a Bonilla un obispo abulense; estrellas en el palio más hermoso que bajo el que nunca haya caminado una imagen mariana en ninguna parte de España, como bajo el que camina esta noche por las calles de Piedrahíta la Virgen de la Vega.

Del Mirón ha llegado a Piedrahíta, una tela de color burdeos, en la que los tejedores de la Villa han bordado, en las largas tardes de verano, ramas, hojas y flores que recogieron en la ribera del Corneja, mujeres y hombres de Mesegar y que esta noche viste la Virgen, que se hace romera desde su casa hasta la Parroquia.

En la Plaza del Carmen, donde han enmudecido las campanas y la canción orante de las madres carmelitas, en medio de tanto silencio, se escucha el tintineo que talla sobre la plata, una luna, que calzara la Virgen por el camino polvoriento de la ermita a Piedrahíta. Y en una nube de plata, convertida en diadema, en resplandor de una corona, que dormía en el taller del joyero, bajaron, en una noche de verano, doce estrellas del cielo, para estar muy cerca de esta Virgen Peregrina. Y en otra esquina del taller descansa un rosario de plata dorada, de filigrana charra, con el que la Virgen pasará las cuentas de las aves marías que los romeros van rezando por el Valle, con su Virgen Peregrina, en esta tarde de verano. ¡La más hermosa de todo el año!

Sobre una tela roja, amarilla, verde, se ha posado un picado negro, varias cornejas negras, que danzarán jubilosos, cuando esta noche, tras un largo camino, la Virgen llegue a la plaza. Y mañana, lucirán luminosos su esplendor mientras suena la Jota de Piedrahíta:

No hay campiña más hermosa,
Que la que riega el Corneja,
Ni Virgen más bondadosa
Que la Virgen de la Vega.

Gusanos de seda han tejido hilos de colores que sobre telas negras, blancas, amarillas, han bordado flores y pájaros que desde el atardecer, cuando la Virgen camina, hasta el mediodía son una ofrenda floral a aquella que

Es la Virgen de la Vega
Nuestro más rico tesoro,
Que tiene una Niñito 
Que se anda él solito.

Un mozo, que habita junto a la ermita, en la casa del Santero, abre la comitiva, nervioso, pensando que ha llegado la hora, tanto tiempo, soñada, de ser él, el Pregonero, que anuncia por los caminos del Valle del Corneja, que ha llegado la tarde, mientras baila la alta bandera con las estrellas del cielo. 

Las estrellas que juegan al escondite durante todo este sábado de septiembre, en el cielo piedrahítense, en esta hora de un cielo encarnado, forman una nueva constelación, que sólo vivirá unas horas, muy pocas en este atardecer castellano; cincuenta de ellas, las más jóvenes, acompañadas de cinco ancianas forman un círculo que termina en una Cruz, y acompañan a la Virgen en su andar por el Valle, mientras se desgranan en la tierra padre nuestros y ave marías; que al llegar al cielo transforman las estrellas en flores que acompañan la carroza y que anticipan el manto de florido, que mañana, llegada la tarde, ofrecerá a su madre, Piedrahíta. 

Muere la tarde, el cielo se oscurece, un toro muge ante las luces que iluminan, en esta bendita hora, la imagen de la Virgen de la Vega; que camina mirando al Niño, mientras escucha, un año más, promesas y oraciones, de un pueblo que sabe que la Virgen siempre escucha. Una pastora sonríe, sentada en una piedra, donde ha quedado un dedal, una aguja y un hilo, testigos mudos del primer milagro que la Virgen hizo, cuando pasa por la Casa de las Fieras.

Una zarza, muy cerca de aquella piedra, siente, en esta hora, celos del camino. Ella fue el primer hogar de aquella Virgen que ahora pasa por delante de la piedra, del prado donde cosía una pastora otra tarde, como esta, de verano. Y siente celos de esas flores que han crecido a los píes de la Señora, porque las primeras flores que embellecieron su imagen fueron las suyas, las de la humilde zarzamora.

El cielo viste ya su manto negro, la constelación que formaron las estrellas del cielo, va desapareciendo, el Rosario de los romeros va concluyendo, las últimas ave marías coinciden con las últimas cuestas. La dulzaina espera, impaciente, en la cima de la última; la banda en la plaza de los herreros; y entre las dos, como cuatro piedrahítenses más, la comparsa de Gigantes, gigantillos y cabezudos. Un niño se suelta, en un descuido, de la mano de su padre, para dar la mano a uno de aquellos altos hombres de madera y cartón. Su padre, sin reñirlo lo coge en brazos, lo pone sobre sus hombros y aguarda nervioso, pero feliz, la llegada del guión que anuncie que la Virgen ya esta llamando a la aldaba de las puertas del Almillo.

Estrellas de colores pueblan el cielo, guiadas por lenguas de fuego y seguidas por un ronco sonido, un trueno, una salva de pólvora que anuncia al Valle que ha llegado la hora. Una pareja, se cogen fuerte las manos, para que nadie, ni nada pueda separarlos, se miran a los ojos, su corazón piensa, volveremos a ver mis ojos en tus ojos, mientras tus ojos ven los míos, en esta misma hora, el año que viene, cuando llegue septiembre. Una lágrima recorre su rostro, la primera lágrima de la noche ha nacido,  y aún no ha llegado la Virgen de la Vega.

Cerca otra pareja, ella vestida de manteos, él no. Ella buscando el calor de los brazos de él, se miran mientras miran el cruce del Camino Viejo, el fin del verano está llegando, lo saben, pero están contentos porque esta está siendo su primera subida, la subida que pone el broche al verano donde descubrieron el amor por primera vez los dos.

También lo será para un niño que plácidamente duerme en un cochecito, ajeno al barullo, a los nervios, a la felicidad que rodea esa hora. Cuando Ella aparezca por el cruce, ellos, sus padres, elevaran un acción de gracias emocionado, mientras presentan a su Hijo a la Virgen de la Vega, a su pequeño.

Continúa avanzando la noche, un hilo de fuego, otra más, sube al cielo, estallando en miles de estrellas de colores que anuncian al cielo y al Valle que la Virgen de la Vega está cada vez más cerca, y este año, tampoco se ha cansado el Niño que ante ella camina. Un niño llora asustado por el estruendo de los cohetes.

Se hace el silencio, la dulzaina comienza a sonar, una tonada que todos los años suena a esta misma hora. Una niña comienza a mover sus píes, mientras la abuela que la tiene cogida de la mano, mira al cielo y una lágrima brota de sus ojos, es la primera subida sintiendo la ausencia del esposo, del compañero.

Tras la dulzaina el pendón, anunciando, ahora sí, que la Madre está entrando en la villa, se aceleran los corazones por la emoción de la hora, quien no ha vivido una subida, no puede saber lo que se siente en esa hora. El niño que estaba sobre los hombros de su padre grita: “Papá, ¿Dónde está la Virgen?”.

La Virgen camina los últimos metros de la última cuesta, se agolpa la gente buscando su rostro, mientras los romeros que acompañan a la imagen desde la Ermita comienzan a cantar:

Madre de Dios, hermosa Madre mía,
Mística flor del huerto de Sión,
Oye la voz del que tu amor confía,
Ruega, ruega por el pecador.

Piedrahíta exalta de gozo, palmas, vivas, avemarías en silencio, mientras avanza, despacio, muy despacio, como si el tiempo quisiera detenerse en esta hora, los vecinos buscan, como aquel niño, el rostro de la Madre y del Hijo. Una voz rasga la emoción, una voz que sale del corazón de un pueblo, que ve como en esta dichosa hora, de este dichoso día se va a cumplir el sueño tantas veces soñado a lo largo del año:

¡VIVA LA VIRGEN DE LA VEGA!

Un año más Piedrahíta ha vivido, está viviendo su momento más hermoso: La Subida de la Virgen desde la Ermita a la Parroquia.

viernes, 6 de septiembre de 2024

FILIGRANAS


La campana de la espadaña anuncia la llegada de un nuevo día, mientras recibe la caricia de los rayos de sol, sus voces de bronce. En un taller muy cercano, casi en frente de la Capilla; descansan junto a relojes que aguardan su cura; hilos de oro y plata que sueñan ser promesas de amor.

La Villa se despierta y el taller acompaña la llamada de las campanas a la misa diaria, con el sonido de golpeo de un martillo sobre una piedra en el taller de orfebrería, esta naciendo una flor de plata, al calor de un viejo fuego, que arde todavía.
    
    Una madeja plana de hilo de oro o plata, como la seda en el taller del bordador, o la pluma y los folios en la mesa del escritor, sueñan en el Taller de Orfebre, con ser pétalos de plata en las manos creadoras del Artesano.

La ventana abierta trae el eco de las ofertas que en la plaza gritan los tenderos, ofreciendo a las mujeres del pueblo y del valle, los frutos de este verano, en el teso se vende y se compra en esta mañana de agosto: vacas, terneros, ovejas y burros; y por la calle a la que se abre la puerta del Taller, este mañana de agosto, pasa la dulzaina en alegre pasacalle.

El maestro sonríe, sus manos juegan sobre una placa de metal deshaciendo la bobina de oro o plata, formando un esqueleto de pétalos, que mañana será una promesa de amor, una ofrenda de devoción, un ornamento que una mujer, de ajadas manos coserá en el calzón de su hijo; manos que ayudan a proteger al hombre del frío.

Las laderas de Peñanegra se han vestido con tonalidades ocres, marrones, aún queda alguna hoja amarilla. Tras los cristales, del taller el plomizo cielo derrama sobre la plazuela, el taller y la espadaña una manta de lluvia que silencia la vida de la Villa. Llamará a la ventana, pero nadie lo escuchara, la plegaria del coro, que a la sombra de la espadaña, alzan las monjas al cielo.

El artesano, como un bordador, con su hilo de filigrana va rellenando los pétalos del esqueleto de la flor. En el centro un agujero, que se un vacío, el mismo que se abre en los pétalos, y que el Maestro llenara, mientras imagina, mirando sus manos, que salen de ella mariposas de plata, pendientes de calabaza, de la rosa, cruces que colgaran de un collar, que como preciado tesoro, una mujer, su dueña, guardará bien envuelto en lo más profundo de un arca. 

El balcón se ha vestido de gala, una bandera, una sábana ricamente bordada, o un mantón de cielo negro, en el que vuelan aves y flores de mil colores, visten los hierros. Al mediodía, el taller descansa, las campanas revolotean jubilosas en la espadaña, anunciando que este marte, no es un martes cualquiera para la villa, que este martes es Martes de Cura y que la Virgen de la Vega pasea, por última vez en estas fiestas, por las calles de su pueblo. Frente al balcón las monjas oran en silencio; los curas del Valle, acompañan en este día, a la Virgen, con ricas capas pluviales, y el artesano que contempla en silencio el paso de la procesión, sueña despierto, poder hacer un rosario de filigrana de oro, un collar, una cruz de filigrana charra, que muy pronto la Virgen podrá tener entre sus manos.

El Artesano es un poeta con hilos de filigrana de oro o plata ha hecho una bola para un collar, abalorios para pulseras, pendientes, broches, con la ayuda de un soplete y soldadura en polvo, una vez más el fuego en esta casa de Piedrahíta, se convierte en germen de vida, que con mucha delicadeza va uniendo al esqueleto de la primera flor que salió de sus manos.

El frío ha llamado a las puertas de Piedrahíta y esta mañana en el taller se ha encendido la estufa, golpean, sin hacer ruido, los cristales del balcón, ahora cerrados, por el frío, los primeros copos de nieve de este nuevo invierno, aunque Peñanegra, desde hace muchos días viste su manto blanco. En la radio, hoy encendida desde muy temprana hora, una cantinela de números. Un muchacho ha venido a recoger una sortija charra que en la noche de Reyes descansará dentro de los zapatos de una moza, que en la mañana del seis de enero se convertirá en símbolo de una promesa de amor.

Temblorosa la mano del artesano, como el alma del poeta, cunado va dando forma a un poema, con sus versos; comienza a embutir la pieza, dándole una forma redonda, convirtiendo aquella flor de plata u oro en un botón, sin dejar de ser flor. 

La nieve ha dejado blancos los tejados de la plaza y la espada, donde, comenzando el mes de febrero, ha nacido la primavera, al llegar al viejo nido dos cigüeñas, que el artesano en esta hora contempla ensimismado, mientras recuerda los versos de otro poeta, que viendo desde otra ventana, de este mismo pueblo, una vieja torre. Escribió el poema, que ahora, recita en su corazón este joven maestro de la filigrana. Vigilan la escena tres cruces de filigrana dorada que duermen sobre la mesa de este joven joyero. ¡Cuánto ansía que llegue, de nuevo, septiembre!

Las manos del poeta juegan a hacer bolas de plata u oro, que descansaran para siempre sobre las camas que con la ayuda de la fresa el artesano ha hecho esta mañana.

Y llegará septiembre y el balcón se volverá a vestir de fiesta y el artesano verá orgulloso pasar por debajo de su taller, mozos y mozas que llevaran en sus chaquetas, chalecos y calzones los botones que salieron de sus manos.

Verá como sujetan el cabello de ellas horquillas, sobre sus pechos los más hermosos lazos que la inspiración, como dicen los poetas, guiaron las manos de este joven artesano.

Y sus ojos se llenarán de emoción cuando, al final del desfile, llegue la Virgen de la Vega, y sobre su pecho, como otra moza del pueblo, descanse un collar de filigrana que porta la hermosa cruz que vigilaba el taller aquel día de San Blas; buscará el abrazo de su esposa, cuando vea en el cuello del Niño otro collar de filigrana, con otra de las cruces, que han salido de sus manos. Mirará a su esposa y sonreirán porque los dos saben que esas dos joyas que ahora luce la Virgen, son y serán la más hermosa poesía que pudo escribir nunca este hombre a su Patrona, la Virgen de la Vega.

MI RINCÓN

     Por si me queda mucho o poco tiempo, por si suena la música y me requiere, la vieja dama, el baile prometido; para esa hora, para ese m...