La campana de la espadaña anuncia la llegada de un nuevo día, mientras recibe la caricia de los rayos de sol, sus voces de bronce. En un taller muy cercano, casi en frente de la Capilla; descansan junto a relojes que aguardan su cura; hilos de oro y plata que sueñan ser promesas de amor.
La Villa se despierta y el taller acompaña la llamada de las campanas a la misa diaria, con el sonido de golpeo de un martillo sobre una piedra en el taller de orfebrería, esta naciendo una flor de plata, al calor de un viejo fuego, que arde todavía.
Una madeja plana de hilo de oro o plata, como la seda en el taller del bordador, o la pluma y los folios en la mesa del escritor, sueñan en el Taller de Orfebre, con ser pétalos de plata en las manos creadoras del Artesano.
La ventana abierta trae el eco de las ofertas que en la plaza gritan los tenderos, ofreciendo a las mujeres del pueblo y del valle, los frutos de este verano, en el teso se vende y se compra en esta mañana de agosto: vacas, terneros, ovejas y burros; y por la calle a la que se abre la puerta del Taller, este mañana de agosto, pasa la dulzaina en alegre pasacalle.
El maestro sonríe, sus manos juegan sobre una placa de metal deshaciendo la bobina de oro o plata, formando un esqueleto de pétalos, que mañana será una promesa de amor, una ofrenda de devoción, un ornamento que una mujer, de ajadas manos coserá en el calzón de su hijo; manos que ayudan a proteger al hombre del frío.
Las laderas de Peñanegra se han vestido con tonalidades ocres, marrones, aún queda alguna hoja amarilla. Tras los cristales, del taller el plomizo cielo derrama sobre la plazuela, el taller y la espadaña una manta de lluvia que silencia la vida de la Villa. Llamará a la ventana, pero nadie lo escuchara, la plegaria del coro, que a la sombra de la espadaña, alzan las monjas al cielo.
El artesano, como un bordador, con su hilo de filigrana va rellenando los pétalos del esqueleto de la flor. En el centro un agujero, que se un vacío, el mismo que se abre en los pétalos, y que el Maestro llenara, mientras imagina, mirando sus manos, que salen de ella mariposas de plata, pendientes de calabaza, de la rosa, cruces que colgaran de un collar, que como preciado tesoro, una mujer, su dueña, guardará bien envuelto en lo más profundo de un arca.
El balcón se ha vestido de gala, una bandera, una sábana ricamente bordada, o un mantón de cielo negro, en el que vuelan aves y flores de mil colores, visten los hierros. Al mediodía, el taller descansa, las campanas revolotean jubilosas en la espadaña, anunciando que este marte, no es un martes cualquiera para la villa, que este martes es Martes de Cura y que la Virgen de la Vega pasea, por última vez en estas fiestas, por las calles de su pueblo. Frente al balcón las monjas oran en silencio; los curas del Valle, acompañan en este día, a la Virgen, con ricas capas pluviales, y el artesano que contempla en silencio el paso de la procesión, sueña despierto, poder hacer un rosario de filigrana de oro, un collar, una cruz de filigrana charra, que muy pronto la Virgen podrá tener entre sus manos.
El Artesano es un poeta con hilos de filigrana de oro o plata ha hecho una bola para un collar, abalorios para pulseras, pendientes, broches, con la ayuda de un soplete y soldadura en polvo, una vez más el fuego en esta casa de Piedrahíta, se convierte en germen de vida, que con mucha delicadeza va uniendo al esqueleto de la primera flor que salió de sus manos.
El frío ha llamado a las puertas de Piedrahíta y esta mañana en el taller se ha encendido la estufa, golpean, sin hacer ruido, los cristales del balcón, ahora cerrados, por el frío, los primeros copos de nieve de este nuevo invierno, aunque Peñanegra, desde hace muchos días viste su manto blanco. En la radio, hoy encendida desde muy temprana hora, una cantinela de números. Un muchacho ha venido a recoger una sortija charra que en la noche de Reyes descansará dentro de los zapatos de una moza, que en la mañana del seis de enero se convertirá en símbolo de una promesa de amor.
Temblorosa la mano del artesano, como el alma del poeta, cunado va dando forma a un poema, con sus versos; comienza a embutir la pieza, dándole una forma redonda, convirtiendo aquella flor de plata u oro en un botón, sin dejar de ser flor.
La nieve ha dejado blancos los tejados de la plaza y la espada, donde, comenzando el mes de febrero, ha nacido la primavera, al llegar al viejo nido dos cigüeñas, que el artesano en esta hora contempla ensimismado, mientras recuerda los versos de otro poeta, que viendo desde otra ventana, de este mismo pueblo, una vieja torre. Escribió el poema, que ahora, recita en su corazón este joven maestro de la filigrana. Vigilan la escena tres cruces de filigrana dorada que duermen sobre la mesa de este joven joyero. ¡Cuánto ansía que llegue, de nuevo, septiembre!
Las manos del poeta juegan a hacer bolas de plata u oro, que descansaran para siempre sobre las camas que con la ayuda de la fresa el artesano ha hecho esta mañana.
Y llegará septiembre y el balcón se volverá a vestir de fiesta y el artesano verá orgulloso pasar por debajo de su taller, mozos y mozas que llevaran en sus chaquetas, chalecos y calzones los botones que salieron de sus manos.
Verá como sujetan el cabello de ellas horquillas, sobre sus pechos los más hermosos lazos que la inspiración, como dicen los poetas, guiaron las manos de este joven artesano.
Y sus ojos se llenarán de emoción cuando, al final del desfile, llegue la Virgen de la Vega, y sobre su pecho, como otra moza del pueblo, descanse un collar de filigrana que porta la hermosa cruz que vigilaba el taller aquel día de San Blas; buscará el abrazo de su esposa, cuando vea en el cuello del Niño otro collar de filigrana, con otra de las cruces, que han salido de sus manos. Mirará a su esposa y sonreirán porque los dos saben que esas dos joyas que ahora luce la Virgen, son y serán la más hermosa poesía que pudo escribir nunca este hombre a su Patrona, la Virgen de la Vega.

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