domingo, 8 de junio de 2025

NOCHE DE ROMERÍA. EL NIÑO DE LA VIRGEN DE LA VEGA


    Esta mañana, el Niño tiene sueño, de nada han servido esta noche, las nanas, que la Madre cantaban al compas de un jota, el Niño no quería dormir. Ni la voz de los ángeles bajados del cielo, tocando un tamboril y una dulzaina, consiguieron dormir al Niño de la Virgen de la Vega que miraba con los ojos entrecerrados las ventanas de la ermita esperando la llegada de la primera luz, de una nueva aurora, del amanecer de un nuevo lunes de Pentecostés.

    Caía la noche sobre la ermita, sonreía la Virgen, y el Niño, asomado a la ventana, sin sueño, miraba la pradera, vacía a esta hora de la noche, buscando en el cielo un cometa de fuego alumbraba nuevas estrellas, cometa que nunca subió al cielo. ¡Cómo podría dormir, pensaba, esperando, a este temprana hora, al primer romero, que llegaría aún con las puertas de la Ermita cerradas y saludaría a la Virgen, con un Dios te salve María!

    En un rincón del santuario, languidecen en un jarrón un ramo de rojas amapolas y blancas margaritas, que en un descuido de la Virgen cortó el niño en la mañana de este Domingo de Pentecostés, cuando parecía tan lejana la hora y esta noche de Romería. La Virgen mira las flores y piensa, mirando al Niño, ¡Flores adornaran sus andas, mañana por la mañana, pero ninguna será tan hermosa como estas humildes flores que cada primavera alfombran la pradera!

    Busca el Niño el regazo materno, mirando el rostro de su madre, enmarcado por un rostrillo de plata, ¡qué guapa estás esta noche, Madre! La Virgen, llena de ternura, mirará al Niño, sonriendo y susurrando muy bajito a su odio, dirá: ¡Duérmete mi niño, que muy pronto llegarán los romeros! ¡Duérmete mi Niño, que mañana será un día muy largo! ¡Duérmete mi Niño que mañana podrán en nuestras manos, los romeros, dolores, preocupaciones, y alguna alegría para que tú a través de mi, soluciones sus cosas! ¡Duérmete mi niño, que mañana nacerán, como esas flores, nuevas promesas! ¡Duérmete mi Niño, que mañana el ruido de la verbena tampoco dejará que duermas! ¡Duérmete mi Niño y descansa, que tú y yo mañana también seremos romeros y caminaremos junto a Piedrahíta por la pradera! ¡Duérmete mi niño, que el reloj ya ha marcado la hora de inicio de un nuevo Lunes, el Lunes de Péntecostes, duérmete mi Niño!. 

    Pero el Niño no se duerme, ilusionado con la llegada de ese ansiado lunes de Romería.

    El Niño escucha los cohetes que despiertan a Piedrahíta, mientras los dulzaineros anuncian a los vecinos que ha llegado la hora, que abandonen sus casas y se conviertan en romeos, que ya es Lunes de Pentecostés. Y vera como una procesión de coches y vecinos caminando por el camino o la carretera se dirigen a la Ermita. ¡Cómo dormir esta noche, piensa nervioso el Niño!

    Una pena ilumina el rostro del Pequeño, soñando el aroma de las garrapiñadas, que no probará, tampoco este año, y que como todos los años, junto a turrón y otros dulces traerán los charros!

    El Niño se duerme, el sueño ha vencido al Pequeño. La primera luz de la aurora llama a la ventana de la ermita, iluminando el rostro de la Virgen de la Vega. Un piedrahitense, el primer romero, como había soñado el Niño, llega a la pradera, se aproxima a la verja, aún cerrada, agarrándose a ella, saluda a la Virgen con un Dios te Salve. 

 

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