sábado, 7 de septiembre de 2024

SUBIDA DE LA VIRGEN DE LA VEGA


LA SUBIDA DE LA VIRGEN

Piedrahíta es un rico mercader, que desde mediados del mes de agosto, colecciona, cada día, como si fueran tapices, los colores que cada tarde el sol regala al Valle del Corneja, cuando se oculta por la atalaya del Mirón; para engalanar, con el más hermoso, esa soñada y añorada tarde de septiembre.

El río Corneja, el Pozas, el Piñuelas son pentagramas en blanco, donde el Verano va colocando negras, blancas, redondas, corcheas, semicorcheas, fusas y semifusas; para componer un himno que todos los años parece el mismo, pero todos los años es distinto y que tocarán tres tamborileros en esa añorada y soñada noche de septiembre.

Peña Negra canta de júbilo con la voz de bronce de la Berenguela anunciando al mediodía, enloquecida de gozo, a Piedrahíta y al Valle que todo esta preparado, que ya todo esta listo para la ¡bendita y esperada hora! Y cuando llegue la hora, sentirá la nostalgia y la pena, al sentir el llanto, silencioso, de la espadaña del Carmen, cuando, pase por su plaza la Virgen y no puedan cantar su alegría las campanas.

Santa María del Berrocal ofrenda a Piedrahíta una tela, para que los Tejedores de Piedrahíta borden con el hilo de plata, que dio a Bonilla un obispo abulense; estrellas en el palio más hermoso que bajo el que nunca haya caminado una imagen mariana en ninguna parte de España, como bajo el que camina esta noche por las calles de Piedrahíta la Virgen de la Vega.

Del Mirón ha llegado a Piedrahíta, una tela de color burdeos, en la que los tejedores de la Villa han bordado, en las largas tardes de verano, ramas, hojas y flores que recogieron en la ribera del Corneja, mujeres y hombres de Mesegar y que esta noche viste la Virgen, que se hace romera desde su casa hasta la Parroquia.

En la Plaza del Carmen, donde han enmudecido las campanas y la canción orante de las madres carmelitas, en medio de tanto silencio, se escucha el tintineo que talla sobre la plata, una luna, que calzara la Virgen por el camino polvoriento de la ermita a Piedrahíta. Y en una nube de plata, convertida en diadema, en resplandor de una corona, que dormía en el taller del joyero, bajaron, en una noche de verano, doce estrellas del cielo, para estar muy cerca de esta Virgen Peregrina. Y en otra esquina del taller descansa un rosario de plata dorada, de filigrana charra, con el que la Virgen pasará las cuentas de las aves marías que los romeros van rezando por el Valle, con su Virgen Peregrina, en esta tarde de verano. ¡La más hermosa de todo el año!

Sobre una tela roja, amarilla, verde, se ha posado un picado negro, varias cornejas negras, que danzarán jubilosos, cuando esta noche, tras un largo camino, la Virgen llegue a la plaza. Y mañana, lucirán luminosos su esplendor mientras suena la Jota de Piedrahíta:

No hay campiña más hermosa,
Que la que riega el Corneja,
Ni Virgen más bondadosa
Que la Virgen de la Vega.

Gusanos de seda han tejido hilos de colores que sobre telas negras, blancas, amarillas, han bordado flores y pájaros que desde el atardecer, cuando la Virgen camina, hasta el mediodía son una ofrenda floral a aquella que

Es la Virgen de la Vega
Nuestro más rico tesoro,
Que tiene una Niñito 
Que se anda él solito.

Un mozo, que habita junto a la ermita, en la casa del Santero, abre la comitiva, nervioso, pensando que ha llegado la hora, tanto tiempo, soñada, de ser él, el Pregonero, que anuncia por los caminos del Valle del Corneja, que ha llegado la tarde, mientras baila la alta bandera con las estrellas del cielo. 

Las estrellas que juegan al escondite durante todo este sábado de septiembre, en el cielo piedrahítense, en esta hora de un cielo encarnado, forman una nueva constelación, que sólo vivirá unas horas, muy pocas en este atardecer castellano; cincuenta de ellas, las más jóvenes, acompañadas de cinco ancianas forman un círculo que termina en una Cruz, y acompañan a la Virgen en su andar por el Valle, mientras se desgranan en la tierra padre nuestros y ave marías; que al llegar al cielo transforman las estrellas en flores que acompañan la carroza y que anticipan el manto de florido, que mañana, llegada la tarde, ofrecerá a su madre, Piedrahíta. 

Muere la tarde, el cielo se oscurece, un toro muge ante las luces que iluminan, en esta bendita hora, la imagen de la Virgen de la Vega; que camina mirando al Niño, mientras escucha, un año más, promesas y oraciones, de un pueblo que sabe que la Virgen siempre escucha. Una pastora sonríe, sentada en una piedra, donde ha quedado un dedal, una aguja y un hilo, testigos mudos del primer milagro que la Virgen hizo, cuando pasa por la Casa de las Fieras.

Una zarza, muy cerca de aquella piedra, siente, en esta hora, celos del camino. Ella fue el primer hogar de aquella Virgen que ahora pasa por delante de la piedra, del prado donde cosía una pastora otra tarde, como esta, de verano. Y siente celos de esas flores que han crecido a los píes de la Señora, porque las primeras flores que embellecieron su imagen fueron las suyas, las de la humilde zarzamora.

El cielo viste ya su manto negro, la constelación que formaron las estrellas del cielo, va desapareciendo, el Rosario de los romeros va concluyendo, las últimas ave marías coinciden con las últimas cuestas. La dulzaina espera, impaciente, en la cima de la última; la banda en la plaza de los herreros; y entre las dos, como cuatro piedrahítenses más, la comparsa de Gigantes, gigantillos y cabezudos. Un niño se suelta, en un descuido, de la mano de su padre, para dar la mano a uno de aquellos altos hombres de madera y cartón. Su padre, sin reñirlo lo coge en brazos, lo pone sobre sus hombros y aguarda nervioso, pero feliz, la llegada del guión que anuncie que la Virgen ya esta llamando a la aldaba de las puertas del Almillo.

Estrellas de colores pueblan el cielo, guiadas por lenguas de fuego y seguidas por un ronco sonido, un trueno, una salva de pólvora que anuncia al Valle que ha llegado la hora. Una pareja, se cogen fuerte las manos, para que nadie, ni nada pueda separarlos, se miran a los ojos, su corazón piensa, volveremos a ver mis ojos en tus ojos, mientras tus ojos ven los míos, en esta misma hora, el año que viene, cuando llegue septiembre. Una lágrima recorre su rostro, la primera lágrima de la noche ha nacido,  y aún no ha llegado la Virgen de la Vega.

Cerca otra pareja, ella vestida de manteos, él no. Ella buscando el calor de los brazos de él, se miran mientras miran el cruce del Camino Viejo, el fin del verano está llegando, lo saben, pero están contentos porque esta está siendo su primera subida, la subida que pone el broche al verano donde descubrieron el amor por primera vez los dos.

También lo será para un niño que plácidamente duerme en un cochecito, ajeno al barullo, a los nervios, a la felicidad que rodea esa hora. Cuando Ella aparezca por el cruce, ellos, sus padres, elevaran un acción de gracias emocionado, mientras presentan a su Hijo a la Virgen de la Vega, a su pequeño.

Continúa avanzando la noche, un hilo de fuego, otra más, sube al cielo, estallando en miles de estrellas de colores que anuncian al cielo y al Valle que la Virgen de la Vega está cada vez más cerca, y este año, tampoco se ha cansado el Niño que ante ella camina. Un niño llora asustado por el estruendo de los cohetes.

Se hace el silencio, la dulzaina comienza a sonar, una tonada que todos los años suena a esta misma hora. Una niña comienza a mover sus píes, mientras la abuela que la tiene cogida de la mano, mira al cielo y una lágrima brota de sus ojos, es la primera subida sintiendo la ausencia del esposo, del compañero.

Tras la dulzaina el pendón, anunciando, ahora sí, que la Madre está entrando en la villa, se aceleran los corazones por la emoción de la hora, quien no ha vivido una subida, no puede saber lo que se siente en esa hora. El niño que estaba sobre los hombros de su padre grita: “Papá, ¿Dónde está la Virgen?”.

La Virgen camina los últimos metros de la última cuesta, se agolpa la gente buscando su rostro, mientras los romeros que acompañan a la imagen desde la Ermita comienzan a cantar:

Madre de Dios, hermosa Madre mía,
Mística flor del huerto de Sión,
Oye la voz del que tu amor confía,
Ruega, ruega por el pecador.

Piedrahíta exalta de gozo, palmas, vivas, avemarías en silencio, mientras avanza, despacio, muy despacio, como si el tiempo quisiera detenerse en esta hora, los vecinos buscan, como aquel niño, el rostro de la Madre y del Hijo. Una voz rasga la emoción, una voz que sale del corazón de un pueblo, que ve como en esta dichosa hora, de este dichoso día se va a cumplir el sueño tantas veces soñado a lo largo del año:

¡VIVA LA VIRGEN DE LA VEGA!

Un año más Piedrahíta ha vivido, está viviendo su momento más hermoso: La Subida de la Virgen desde la Ermita a la Parroquia.

viernes, 6 de septiembre de 2024

FILIGRANAS


La campana de la espadaña anuncia la llegada de un nuevo día, mientras recibe la caricia de los rayos de sol, sus voces de bronce. En un taller muy cercano, casi en frente de la Capilla; descansan junto a relojes que aguardan su cura; hilos de oro y plata que sueñan ser promesas de amor.

La Villa se despierta y el taller acompaña la llamada de las campanas a la misa diaria, con el sonido de golpeo de un martillo sobre una piedra en el taller de orfebrería, esta naciendo una flor de plata, al calor de un viejo fuego, que arde todavía.
    
    Una madeja plana de hilo de oro o plata, como la seda en el taller del bordador, o la pluma y los folios en la mesa del escritor, sueñan en el Taller de Orfebre, con ser pétalos de plata en las manos creadoras del Artesano.

La ventana abierta trae el eco de las ofertas que en la plaza gritan los tenderos, ofreciendo a las mujeres del pueblo y del valle, los frutos de este verano, en el teso se vende y se compra en esta mañana de agosto: vacas, terneros, ovejas y burros; y por la calle a la que se abre la puerta del Taller, este mañana de agosto, pasa la dulzaina en alegre pasacalle.

El maestro sonríe, sus manos juegan sobre una placa de metal deshaciendo la bobina de oro o plata, formando un esqueleto de pétalos, que mañana será una promesa de amor, una ofrenda de devoción, un ornamento que una mujer, de ajadas manos coserá en el calzón de su hijo; manos que ayudan a proteger al hombre del frío.

Las laderas de Peñanegra se han vestido con tonalidades ocres, marrones, aún queda alguna hoja amarilla. Tras los cristales, del taller el plomizo cielo derrama sobre la plazuela, el taller y la espadaña una manta de lluvia que silencia la vida de la Villa. Llamará a la ventana, pero nadie lo escuchara, la plegaria del coro, que a la sombra de la espadaña, alzan las monjas al cielo.

El artesano, como un bordador, con su hilo de filigrana va rellenando los pétalos del esqueleto de la flor. En el centro un agujero, que se un vacío, el mismo que se abre en los pétalos, y que el Maestro llenara, mientras imagina, mirando sus manos, que salen de ella mariposas de plata, pendientes de calabaza, de la rosa, cruces que colgaran de un collar, que como preciado tesoro, una mujer, su dueña, guardará bien envuelto en lo más profundo de un arca. 

El balcón se ha vestido de gala, una bandera, una sábana ricamente bordada, o un mantón de cielo negro, en el que vuelan aves y flores de mil colores, visten los hierros. Al mediodía, el taller descansa, las campanas revolotean jubilosas en la espadaña, anunciando que este marte, no es un martes cualquiera para la villa, que este martes es Martes de Cura y que la Virgen de la Vega pasea, por última vez en estas fiestas, por las calles de su pueblo. Frente al balcón las monjas oran en silencio; los curas del Valle, acompañan en este día, a la Virgen, con ricas capas pluviales, y el artesano que contempla en silencio el paso de la procesión, sueña despierto, poder hacer un rosario de filigrana de oro, un collar, una cruz de filigrana charra, que muy pronto la Virgen podrá tener entre sus manos.

El Artesano es un poeta con hilos de filigrana de oro o plata ha hecho una bola para un collar, abalorios para pulseras, pendientes, broches, con la ayuda de un soplete y soldadura en polvo, una vez más el fuego en esta casa de Piedrahíta, se convierte en germen de vida, que con mucha delicadeza va uniendo al esqueleto de la primera flor que salió de sus manos.

El frío ha llamado a las puertas de Piedrahíta y esta mañana en el taller se ha encendido la estufa, golpean, sin hacer ruido, los cristales del balcón, ahora cerrados, por el frío, los primeros copos de nieve de este nuevo invierno, aunque Peñanegra, desde hace muchos días viste su manto blanco. En la radio, hoy encendida desde muy temprana hora, una cantinela de números. Un muchacho ha venido a recoger una sortija charra que en la noche de Reyes descansará dentro de los zapatos de una moza, que en la mañana del seis de enero se convertirá en símbolo de una promesa de amor.

Temblorosa la mano del artesano, como el alma del poeta, cunado va dando forma a un poema, con sus versos; comienza a embutir la pieza, dándole una forma redonda, convirtiendo aquella flor de plata u oro en un botón, sin dejar de ser flor. 

La nieve ha dejado blancos los tejados de la plaza y la espada, donde, comenzando el mes de febrero, ha nacido la primavera, al llegar al viejo nido dos cigüeñas, que el artesano en esta hora contempla ensimismado, mientras recuerda los versos de otro poeta, que viendo desde otra ventana, de este mismo pueblo, una vieja torre. Escribió el poema, que ahora, recita en su corazón este joven maestro de la filigrana. Vigilan la escena tres cruces de filigrana dorada que duermen sobre la mesa de este joven joyero. ¡Cuánto ansía que llegue, de nuevo, septiembre!

Las manos del poeta juegan a hacer bolas de plata u oro, que descansaran para siempre sobre las camas que con la ayuda de la fresa el artesano ha hecho esta mañana.

Y llegará septiembre y el balcón se volverá a vestir de fiesta y el artesano verá orgulloso pasar por debajo de su taller, mozos y mozas que llevaran en sus chaquetas, chalecos y calzones los botones que salieron de sus manos.

Verá como sujetan el cabello de ellas horquillas, sobre sus pechos los más hermosos lazos que la inspiración, como dicen los poetas, guiaron las manos de este joven artesano.

Y sus ojos se llenarán de emoción cuando, al final del desfile, llegue la Virgen de la Vega, y sobre su pecho, como otra moza del pueblo, descanse un collar de filigrana que porta la hermosa cruz que vigilaba el taller aquel día de San Blas; buscará el abrazo de su esposa, cuando vea en el cuello del Niño otro collar de filigrana, con otra de las cruces, que han salido de sus manos. Mirará a su esposa y sonreirán porque los dos saben que esas dos joyas que ahora luce la Virgen, son y serán la más hermosa poesía que pudo escribir nunca este hombre a su Patrona, la Virgen de la Vega.

MI RINCÓN

     Por si me queda mucho o poco tiempo, por si suena la música y me requiere, la vieja dama, el baile prometido; para esa hora, para ese m...