La alcoba estaba iluminada por la luz de la farola, la última farola que aún iluminaba las calles de aquel pueblo.
Tras los cristales miraba, con nostalgia, la farola y la solitaria calle, que se había ido vaciando poco a poco igual que el resto del pueblo.
Primero se fueron los amigos, buscando un futuro que los librara de la esclavitud de la tierra, para ser atrapados por las cadenas de un trabajo, en el que nunca se sintieron felices.
Venían todos los fines de semanas, elogiando la vida de la ciudad, despreciando la vida del pueblo.
Luego los viajes se fueron distanciando en el tiempo: una semana en verano, el día de la fiesta del pueblo y el día de nochebuena. Y él paso de ser amigo, a ser el cateto, el vecino del pueblo.
Tras los amigos, se fueron los matrimonios jóvenes y con ellos los niños y sus juegos, sus risas. Se cerró el colegio. La educación, decían, era mejor en la ciudad que en una escuela de un pueblo perdido en la montaña.
En aquellos años, el pueblo envejeció, tío Hilario cerró la panadería, tía Marisa la tienda y, el último, Heliodoro cerró el bar, dejando a los hombres y mujeres que aún quedaban sin un sitio donde compartir su día a día, junto a una copa de vino.
El único ruido que sobresaltaba al pueblo era la sirena que anunciaba que un vecino se había puesto enfermo y era llevado al hospital, de donde no volvía y si lo hacía era para que el cura derramara sobre su féretro, agua bendita.
El vigor y el cabello blanco le hicieron romper la promesa, hacer la maleta y abandonar el pueblo. Al amanecer el mismo, el último vecino, abandonaría, para siempre, el pueblo.
